Millares de palestinos en guardia convergirán hoy (viernes 9 de octubre), venidos desde los diferentes territorios ocupados, en Jerusalén para defender la Mezquita de Al Aqsa y para aportar refuerzos a quienes se han encerrado en ella para conservarla y romper el cerco de las fuerzas israelíes que continúa desde hace varios días.
Los palestinos que cumplen esta misión moral y religiosa, desafiando la arrogancia de la ocupación israelí y su aparato represivo aplastante, lo hacen en nombre de mil quinientos millones de musulmanes presentes en todos los continentes.
No tienen ni misiles ni tanques ni aviones. Ni siquiera tienen fusiles y saben perfectamente que se dirigen a una batalla desigual contra un enemigo armado hasta los dientes y equipado con las armas más sofisticadas. Sin embargo, no dudan un segundo en ir a enfrentarse a ese enemigo a pecho descubierto, descubierto de todo salvo de su fe, de su determinación incontestable a hacer frente a la necesidad de defender sus lugares santos y de morir como mártires, si es necesario, a fin de protegerlos y de consagrar en ellos su identidad árabe e islámica.
Los que montan guardia de este modo, en los territorios ocupados, cumplen con su deber: se nos muestran así en las alturas de su conciencia y de sus corazones llenos de fe y tienen un conocimiento profundo de los proyectos israelíes de judaización de su ciudad, de destrucción de su querida mezquita de Al Aqsa y de construcción de un supuesto «templo» en las ruinas de ésta.
A principios de este siglo, y después del desmoronamiento de las negociaciones de Camp David, Ismail Cem, ministro turco de Asuntos Exteriores en aquel momento, llegó al aeropuerto de Gaza y exigió reunirse rápidamente con el hoy fallecido presidente palestino Yasser Arafat. Se decía portador de una misiva de la mayor importancia, que no debía esperar.
El presidente palestino reservó al huésped turco la mejor de las acogidas; conocía la importancia de Turquía debido a su historia y a su posición estratégica, y también en tanto que país musulmán, heredero del Califato, cuyo pueblo alimenta una gran cólera contra el complot sionista. Los turcos de hoy son los hijos pequeños del Sultán Abdul Hamid, que expulsó a la delegación del movimiento sionista de una reunión importante en su palacio, después de que los miembros de ésta trataran de sobornarle, así como a sus ministros, a fin de que aceptaran la creación de un Estado judío en Palestina.
El huésped exigió reunirse con el presidente a puerta cerrada, en presencia de un único intérprete. Arafat aceptó inmediatamente y pidió a uno de sus ministros (Farih Abu Madyan, ministro de Justicia) que fuera ese intérprete, a pesar de que su inglés no era mucho mejor que el de su jefe -deplorable-, ya que quería que la Historia tuviera un testigo.
Cem le dijo al presidente Arafat que le llevaba una proposición de creación de Estado palestino independiente, acompañada de ayudas financieras muy generosas y de un reconocimiento internacional completo, que incluía tanto el de EEUU como el de otras grandes potencias, acompañada también de la solución a todos los problemas irresueltos, como los de los refugiados, Jerusalén y las colonias, a condición de que Arafat aceptara que una pequeña sinagoga fuera edificada en el corazón de la mezquita de Al Aqsa, fuera la que fuera la nacionalidad, fuera la que fuera la bandera que se izara en ella, lo importante era que esa sinagoga fuera construida y denominada «Templo de Salomón».
El desaparecido presidente palestino, célebre por su espíritu de réplica y por su visión penetrante en lo que concierne a esta cuestión, sorprendió a su visitante turco con una amplia sonrisa y con su acuerdo total con esta proposición, para alivio del ministro turco, que se lanzó hacia el presidente Arafat para abrazarlo. Pero éste le dijo entonces que su acuerdo estaba, no obstante, sometido al consentimiento del pueblo turco: si los turcos aceptaban también esta proposición, se aplicaría con carácter inmediato, si no…
-Vuelva, por tanto, a Turquía, ante su pueblo, –dijo, dirigiéndose al ministro- y consúltele sobre esta cuestión, ¡entonces aplicaré yo su decisión sobre el terreno!
Las palabras del presidente Arafat tuvieron en el ministro turco el efecto de un rayo. Palideció y después se dirigió a la salida, suplicando al presidente Arafat que olvidara todo aquello que se había dicho a ese respecto y que nunca más evocara aquella proposición. Después de lo cual, lo llevaron al aeropuerto, volvió a coger su avión y regresó a Ankara.
Benjamin Netanyahu y su gobierno de extrema derecha quieren construir esa sinagoga sobre los escombros de la mezquita de Al Aqsa, cuyos cimientos desestabilizan haciendo que se caven túneles en su subsuelo. De vez en cuando, envían a judíos extremistas a invadir el patio, con la esperanza de que los palestinos terminen por ver estas incursiones como algo ordinario, habitual –algo que terminarán por aceptar como un hecho consumado, exactamente de la misma manera en que se les ha impuesto la trivialización de las colonias, las negociaciones vacías de sentido y la paz económica-.
La agenda de Netanyahu es extremadamente clara: a) la expansión y la colonización de la población, que ha conseguido imponer tanto a EEUU como a la Autoridad Autónoma Palestina, que ha aceptado retomar las negociaciones con él; b) la imposición del reconocimiento de Israel como Estado judío, en lo que ha constituido un ataque magistral por su parte, que ha conseguido hacer que el presidente Barack Obama lo admita, tal y como demostró su discurso a la Asamblea General de las Naciones Unidas; c) la judaización de Jerusalén y la edificación del supuesto templo. Y ya ha llevado a cabo la primera fase, asfixiando la ciudad de Jerusalén con bloques de colonias y destruyendo las casas de los palestinos, haciendo de los judíos mayoría absoluta de su población. Y helo ahí, presto a abordar la segunda fase, a saber: la construcción de su sinagoga y la destrucción de la mezquita de Al Aqsa.
Es preciso que, desde hoy, se ponga en marcha una acción árabe y musulmana intensa para prestar refuerzos a los centinelas que se oponen a este proyecto insidioso. Y los pueblos árabes deben enviar un mensaje claro de apoyo al mundo entero, que refleje su movilización en aras de la defensa de sus lugares santos. Si no, habremos de atenernos a sufrir la pérdida de la primera de las dos Quiblas y del tercero de los Lugares santos, exactamente de la misma manera en que hemos perdido Palestina, la mezquita de Abraham en Hebrón y nuestras dos dignidades, la árabe y la islámica.
Nos dirigimos a los pueblos del mundo para decirles que ya hemos tenido bastante de regímenes corruptos sobre los que está ya probado que no son otra cosa que agentes a sueldo de Israel; ya hemos tenido bastante de su sumisión total a los dictados israelíes y americanos, así como de la ausencia de toda dignidad y toda energía en la mayoría de sus responsables, de arriba abajo de la pirámide de las responsabilidades. Ellos no quieren conocer la suerte del difunto presidente Arafat a ningún precio, no aspiran a ser mártires, como él, y como siete mil palestinos muertos mártires desde el estallido de la primera Intifada.
El complot del silencio del que participan estos responsables árabes no es menos criminal, para el Jerusalén ocupado, que el de los judíos extremistas y el ejército israelí, que les apoya, agrediendo a los fieles palestinos musulmanes e invadiendo la explanada de las mezquitas.
Si ignoráramos la triste y vergonzosa realidad del mundo político árabe actual, diríamos que el espectáculo de la profanación de la mezquita de Al Aqsa merece por parte de las autoridades egipcias más que la «publicación de directivas a la atención de Asuntos Exteriores e instancias a que concierna, incitándoles a intervenir sin demora a fin de tranquilizar la situación en la mezquita de Al Aqsa», como nos anunciaban ayer los periódicos egipcios.
Esperábamos oír y ver una posición fuerte proveniente de la cumbre sirio-saudí, que culminó ayer. Una cumbre que el ministro saudí de Información calificó de histórica. Pero parece que el Custodio de los dos Santos Lugares está demasiado ocupado formando el futuro gobierno libanés como para perder el tiempo con el Jerusalén ocupado…
No es hasta el soberano jordano, y sin embargo guardián oficial de la Cúpula de la Roca, cuyo padre estaba a cargo de restaurar la célebre cúpula dorada a cuenta propia, que la reacción no se ha limitado a pedir a su ministro de Asuntos Exteriores que convocara al encargado de asuntos israelíes en Amman a fin de presentarle una «firme protesta oficial».
En cuanto al presidente del Comité Al Quds, el monarca marroquí Mohamed VI, no se le ha oído hasta el momento.
No pedimos una intervención militar, ése es un honor que no nos arriesgamos a merecer, pero reclamamos medidas prácticas, como el cierre de las embajadas israelíes (en las capitales de países árabes y musulmanes) y una intervención enérgica ante el aliado americano con el que hemos hecho todas las guerras, en Afganistán y en Irak.
¿Será eso hacer demasiado por Jerusalén, por su mezquita de Al Aqsa y por su Cúpula de la Roca?
A nosotros no nos queda sino reconocer, en defensa propia y con la muerte en el alma, que la sinagoga en cuestión será sin duda construida pronto, antes de lo que podemos imaginar, en el patio de la mezquita de Al Aqsa o sobre sus escombros, mientras perdure en el mundo árabe esta situación que nos avergüenza.
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