Sobre el Autor:
Samih Al-Qassem, palestino nacido el año 1939, maestro de escuela y druso de confesión. Militante comunista, intervino en la fundación de la organización La Tierra, decididamente opuesta al gobierno sionista. Vive en Israel.
Es autor de muy vasta obra lírica, entre la que destacamos los títulos siguientes: Canciones de los caminos, 1964; Con la Sangre en las palmas de las manos, 1967; La caída de las máscaras, 1969; A la espera del pájaro de trueno, 1969; Alcorán de la muerte y el jazmín, 1970; La gran muerte, 1972; Las lilas, 1975; Cultiva, asimismo, el teatro y ha publicado recientemente, 1978, una “narración autobiográfica” titulada ¡Para el infierno oh lilas!.
Samih Al-Qassem es, sin duda, uno de los mayores cantores de la Resistencia palestina: poeta directo y apasionado, de expresión tajante e hiriente, animado de un esencial fervor nacionalista árabe, huye de toda retórica y remilgo.

CARTA DESDE LA PLAZA DE LOS DESOCUPADOS
Tal vez pierda, como pretendes, mi sustento.
Tal vez haya de poner a la venta mis ropas y mis muebles.
Tal vez tenga que trabajar como picapedrero,
como mozo de cuerda
o barrendero.
Tal vez sirva en los vertederos de las fábricas.
Tal vez por los corrales busque granos.
Tal vez vaya apagándome, famélico y desnudo.
¡Enemigo del sol!
Mas no transigiré.
Hasta el último pulso de mis venas
¡Resistiré!
Tal vez me arranques hasta el último palmo de mis tierras.
Tal vez mi mocedad alimente la cárcel.
Tal vez robes la herencia de mi abuelo:
los muebles,
las vajillas,
y los cántaros.
Tal vez quemes mis versos y mis libros.
Tal vez mi carne arrojes a los perros.
Tal vez en nuestra aldea permanezcas
como una espantosa pesadilla.
¡Enemigo del sol!
Mas no transigiré
Hasta el último pulso de mis venas
¡Resistiré!
Tal vez apagues la antorcha de mi noche.
Tal vez me falte el beso de mi madre.
Tal vez insulte un niño, y una niña,
a mi pueblo y a mi padre.
Tal vez mi historia la falsee un cobarde,
y transforme en arañas mis corderos.
Tal vez dejes privados a mis hijos de su traje de fiesta.
Tal vez a mis amigos les engañes con un rostro prestado.
Tal vez alces, rodeándome,
muros, muros y muros.
Y tal vez contra viles visiones crucifiques mis días.
¡Enemigo del sol!
Mas no transigiré.
Hasta el último pulso de mis venas
¡Resistiré!
¡Enemigo del sol!
Los puertos se engalanan, y hay presagios de albricias,
albórbolas y fiestas,
clamores y bullicio,
heroicos himnos brillan en las gargantas.
Y allá, en el horizonte,
desafía una vela al viento y el oleaje,
atraviesa los riesgos.
Es la vuelta de Ulises
desde el Mar Tenebroso.
Es la vuelta del sol, de mi hombre emigrado.
Y juro por los ojos de los dos
que no transigiré.
Que hasta el último pulso de mis venas,
¡Resistiré!
¡Enemigo del sol!
¡Resistiré!
PARA TI, DONDE MUERES
Tu carta, que hasta mí ha atravesado noches y alambradas.
Tu carta, que cayó bajo mi puerta como el ala de un ángel,
¿por qué, al abrirla mis manos,
se deshizo en espinas
sobre mi corazón, contra mi rostro?
Tu carta, que saqué del fondo del estanque de la ausencia,
me ha traído de nuevo nuestra infancia
desde los duros pozos de la pena.
Me ha traído otra vez nuestra infancia,
los himnos matinales, las clases, las diabluras de la tarde,
la plaza de la aldea,
y la voz de tu padre, chillándonos:
“¡Eh, basta ya, chicos, a dormir!”...
Y a tu madre, cada vez que preguntaba:
“¿Qué tal está Samih?”...
y a la mía, sorbiendo su café y diciendo tan ancha:
“Muy bien, gracias a Dios... ¿Y Fuad?”
“Como su compañero”
¡”Dios preserve a los dos del mal de ojo,
del abandono y de la envidia!”
Tu carta, que voló sobre mi herida
como un pájaro huido de las cárceles del dolor y la nada,
amigo del lucero matutino,
¿por qué, al abrirla mis manos,
se deshizo en espinas
sobre mi corazón, contra mi rostro?
“Mi muy querido hermano”
me has escrito, orgulloso... “¡Mi muy querido hermano!”
Mis mejores saludos
vuelan, desde Beirut,
hacia ti, allá, donde tú mueres,
con prenda de lo poco que queda, de tu menguada herencia.
Mis mejores saludos...
Soy ahora un hombre nuevo... Como no te supones.
Acabé los estudios superiores,
y he obtenido el diploma del Instituto.
Tengo un mayor despacho,
más renombre,
una amiguita rubia cuya abuela es francesa,
y otra, cuyo abuelo dirigió las conquistas cruzadas.
Y, lo mismo que el resto de los señores,
una linda perrita en el patio de la casa.
Mi muy querido hermano...
¿No podrías venirte, tú también, a Beirut,
y dejar ya tu úlcera odiosa?
¿abandonar tu rostro, en el lodo tirano?
¿y dejar esa vida miserable?
Tu campo no es más vasto que mi campo,
tu casa no es más bella que la mía
¿No podrías venirte tú también?...
Mi muy querido hermano:
Mis mejores saludos
para ti, donde sigues, en la ciénaga.
Tu carta, que hasta mí ha atravesado noches y alambradas.
Tu carta, que cayó sobre mi puerta como el ala de un ángel.
¿sabes?
al abrirla mis manos
se deshizo en espinas,
sobre mi corazón, contra mi rostro,
¡Queridísimo hermano!
Para ti, allá en Beirut,
allá donde agonizas.
Igual que una azucena sin raíz,
como un río que su fuente ha perdido,
como una canción sin comienzo,
como una tempestad sin existencia.
Para ti, donde mueres
como el sol otoñal,
con mortajas de seda.
Allá donde
-¡herida mía, y vergüenza!-
estás agonizando.
Tú, que viertes el agua de tu rostro en mi fuego.
Para ti, desde mi alma combatiente,
desnuda y muerta de hambre,
el más hondo saludo,
¡la maldición perenne de tu casa!
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