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Tawfiq Zayyad


Sobre el Autor:

Tawfiq Zayyad, palestino de Nazaret, nacido en 1940. Miembro del Partido Comunista de Israel, diputado en el Parlamento israelí, defensor contumaz de su pueblo contra la intolerancia y política cruel y vejatoria del estado sionista.

Es autor de las siguientes obras: Os estrecho las manos, 1968; Enterrad vuestros muertos y alzaos, 1969; Canciones de revolución y rabia, 1970; Comunistas, 1970; Omm-Durman. La hoz, el sable y la melodía, s.f.; Júbilos de la muerte y el martirio, 1972; Los prisioneros de la libertad y otros poemas prohibidos, 1974; Circunstancia del mundo, 1975.

Cultiva también la novela y el teatro y es, asimismo, autor de un libro sobre literatura y literatura popular palestina, 1970, muy interesante ya por el tema en sí, y en el que trata en especial de un personaje de la revolución nacionalista palestina del año 1936: Husayn al-Ali al-Zubaydi, que pasa luego a la canción popular.

Poeta directísimo, Zayyad resulta desde el principio uno de los máximos exponentes de la obra lírica de la Resistencia palestina. Rotundo, desaliñado, poderoso, es la suya una poesía de hachazo y de añafil, dirigida siempre al interlocutor correspondiente: su pueblo. Al que arrastra, sacude, socava, en persecución del objeto liberador y justo, irrenunciable.

CON LOS DIENTES


Con los dientes.

Defenderé cada palmo de tierra de mi patria.

Con los dientes.

Y no aceptaré otro en su lugar.

Aunque me dejen

colgando de las venas de mis venas.

Aquí sigo.

Esclavo de mi afecto... A la cerca de mi casa.

Al rocío... Y a la frágil azucena.

Aquí sigo.

No podrán derribarme

todas mis cruces.

Aquí sigo.

Teniéndoos... Teniéndoos... Teniéndoos...

En mi regazo.

Con los dientes.

Defenderé cada palmo de tierra de mi patria.

Con los dientes

AQUÍ PERMANECEMOS

Lo mismo que si fuéramos veinte imposibles.

En Ledd, en Ramla y en Galilea.

Sobre vuestros pechos,

aquí,

como un muro,

nos quedamos.

Aquí,

en vuestras gargantas,

como un trozo de vidrio,

como un higo de tuna sin pelar.

Como una tempestad de fuego,

en vuestros ojos.

Sobre vuestros pechos,

aquí,

como un muro,

nos quedamos.

Limpiando platos en las tabernas,

llenándoles las copas a los señores,

fregando suelos en las cocinas negras,

arrancando el bocado para los niños

de vuestros colmillos zarcos.

Sobre vuestros pechos,

aquí,

como un muro,

nos quedamos.

Hambrientos.

Desnudos.

Desafiantes.

Cantando versos.

Llenando las irritadas calles

de manifestaciones,

y de orgullo, las cárceles.

Haciendo generaciones rabiosas,

de niños,

una tras otra.

Lo mismo que si fuéramos veinte imposibles.

En Ledd, en Ramla y en Galilea.

Bebeos el mar,

que aquí permanecemos.

Vigilando la sombra

del olivo y la higuera.

Sembrando ideas,

como en la masa se echa la levadura.

Con el frío del hielo en nuestros nervios,

con un infierno rojo en nuestros corazones.

Exprimimos las rocas al sentir sed,

y mordemos el polvo al tener hambre,

pero no nos marchamos.

Ni guardamos, avaros, nuestra sangre fragante.

Que aquí,

tenemos un pasado,

un presente,

un futuro.

Lo mismo que si fuéramos veinte imposibles.

En Ledd, en Ramla y en Galilea.

¡Ay, raíz viva y nuestra, agárrate!

¡Y golpead, orígenes, el suelo!

Prefiero que revise la cuenta el agresor,

antes

de que la rueda gire.

“Pues toda acción...”

Leed...

Leed lo que la Biblia dice.


OS ESTRECHO LAS MANOS

Os invoco.

Os estrecho las manos.

Beso la tierra bajo vuestras plantas.

Y digo: Os seguiré.

Os entrego mi ojo luminoso.

Os doy mi cálido corazón.

Porque el drama que vivo

forma parte del vuestro.

Os invoco.

Os estrecho las manos.

No he perdido mi sitio en mi país.

Ni he achicado mis hombros.

Frente a mis opresores me detuve:

Descalzo. Desnudo. Huérfano.

Con la sangre en las manos.

Sin bajar mis banderas.

Y defendí la hierba de las tumbas

de mis antepasados

Os invoco.

Os estrecho las manos.

 

 

 

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