Kassem Aina es el fundador de Beit Atfal As-Sumud, la primera asociación creada por refugiados palestinos en Líbano, en 1982, por una suerte de adopción colectiva de los huérfanos de Sabra y Shatila, donde en 1982 las milicias maronitas asesinaron a 3.500 palestinos con la complicidad del ejército israelí. Hoy la asociación está activa en todos los campos de refugiados palestinos en Líbano y representa la más amplia red de asistencia social y sanitaria y de sostén a los estudios.
Capuchino y medialuna son diez dólares, a la mañana, sentados en la Beirut de Hariri. A cinco minutos de aquí, al fondo y hacia la mezquita a la derecha, es cuanto un palestino recibe cada tres meses de las Naciones Unidas.
El 11% de la población libanesa, 450 mil refugiados diluidos en 12 campos, promedio 40 m2 cada 10 personas y para la mitad nada de agua, ni electricidad ni cloacas. El 60% está bajo la línea de pobreza, el 20% condenado a la cadena perpetua de una enfermedad crónica. Pregunta cómo imaginan a Palestina -estamos en la tercera generación, ya, y para muchos es sólo una fotografía, sin embargo la respuesta es siempre la misma- una sola palabra: un susurro tenue: bellísima.
Kassem Aina ha nacido en Alma en 1946. Existe todavía, me dice, puedo ir al sur, y verla desde la frontera. Pero también la foto que me desempolva levemente es en realidad siempre la misma, porque “a veces ciudades distintas se suceden sobre el mismo suelo bajo el mismo nombre, nacen y mueren sin hacerse conocidas, incomunicables entre ellas” –porque toda Palestina invisible, aquí, no está sino como la Maurilia de Italo Calvino, en la que “las viejas postales no representan la ciudad como era, sino otra ciudad que por causalidad se llamaba Maurilia como ésta”.
Porque Alma, es verdad, existe todavía. Y todavía con el mismo nombre. Pero es un kibutz.
“El razonamiento es simple e infundado. Si aquí tuvieran casa y trabajo, se dice, perderían todo interés en volver a Palestina, y en mantener encendida la oposición a Israel. Así, con el pretexto de la solidaridad árabe, el Líbano adoptó una política de negación de nuestros derechos fundamentales.
Pero todos los palestinos de la diáspora, por doquier, también los que han logrado una vida normal, sueñan el retorno. Las dos cuestiones no están ni mínimamente conectadas. El objetivo es no olvidar la nakba: pero el resultado mientras tanto es solo continuarla”
“No es tampoco una violación, sino directamente la eliminación de los derechos básicos sancionados por la Declaración Universal. Comenzando por el artículo 23, el trabajo, que concede autonomía y dignidad y es incluso previo a todos los otros derechos. En Líbano la regla general, para los extranjeros, es la reciprocidad: una vez obtenido un permiso de trabajo, el tratamiento es análogo al que el país reserva a los libaneses. Pero la reciprocidad es un no-sentido para nosotros que no tenemos un estado. Setenta y una profesiones están simplemente vedadas: desde el joyero al mecánico al empleado…y obviamente todas las administraciones públicas. Y otras, el abogado, el médico, el ingeniero, se accede solo mediante asociaciones profesionales: y para las asociaciones profesionales rige la reciprocidad.
Para el resto, esto es principalmente peones y operarios, nos es necesario un permiso de trabajo como todos los demás –aunque no somos de ningún modo inmigrantes. Se aceptan el 0,3% de las solicitudes, 223 sobre 70mil en el último año –para que se entienda: para los egipcios el porcentaje es el 87%. Por lo que no queda más que trabajo en negro, o bien dentro de los campos, en el comercio minorista o en aquellas pequeñas artesanías para las que forma la Unrwa. Reparación de calzado cosido, carpintería.
Los campos ya son nuestro acuario. Porque la Declaración Universal, en su artículo 17, habla del derecho a la propiedad: pero ahora la reciprocidad se aplica también aquí. Y cuanto es ya de nuestra propiedad, no puede ser transmitido en herencia. El resultado es el hacinamiento y el deterioro de situaciones ya dramáticas. Piensa también en el artículo 26, el derecho a la instrucción. La Unrwa ofrece la instrucción primaria. Pero para el resto, la secundaria y universidad libanesas admiten solo cantidades limitadas de extranjeros, con el triple de impuestos. Y de todos modos, ¿para qué graduarse en medicina, si no es posible ser médicos? Un tercio de los palestinos no completa ni siquiera la escuela primaria”.
También porque muchos campos, en realidad, no son mas palestinos. Cualquiera puede transferirse aquí. Y es una elección muy frecuente para los desocupados, los inmigrantes. Los desesperados de otras guerras, como los iraquíes –la humanidad del subsuelo. Pero para los libaneses todo esto no existe. Y es aquí que la condición palestina se hace metáfora de nuestro tiempo.
“El respeto de los derechos humanos no puede ser subordinado a consideraciones políticas. La pobreza genera solo tensiones, no agrega nada a nuestra determinación a retornar. También porque muchos campos, en realidad, no son más palestinos. Cualquiera puede transferirse aquí. Y es una elección muy frecuente para los desocupados, los inmigrantes. Los desesperados de otras guerras, como los iraquíes –la humanidad del subsuelo. Pero para los libaneses todo esto no existe. Y es aquí que la condición palestina se hace metáfora de nuestro tiempo.
Esta no es más simplemente la periferia de Beirut, sino uno de los infinitos basureros de la globalización. Las estadísticas, para nosotros, son siempre solo estimaciones, porque la vaguedad es el margen para la manipulación, para el gobierno a través de la construcción de la incertidumbre y del pavor: nadie sabe con precisión cuántos somos, y dónde, para hacer qué, y con qué intenciones. Somos la sombra al acecho en un rincón de vuestra vida. No es sólo cuestión de árabes e israelíes. Son palestinos y migrantes que habitan las profundidades de su Mediterráneo”.
Los libaneses los acusan de ser un factor de inestabilidad. El origen de la guerra civil.
La guerra civil ha sido un choque entre extremistas cristianos y nacionalistas progresistas a quienes los palestinos se han unido. Pero la fractura ya existía: entre cristianos y musulmanes.
Porque el Líbano tiene un orden institucional confesional, basada sobre un férreo reparto en comunidades religiosas, en total dieciocho, y la distribución en cuotas establecidas de todos los cargos públicos, de cualquier nivel. Pero según un censo de 1926: y la fuerza demográfica de los musulmanes es abundantemente mayor que la de los cristianos. Además, la diferencia entre musulmanes sunni y shía: con los primeros ligados a Arabia Saudí, y los segundos a Irán, los dos opuestos referentes de la comunidad islámica contemporánea.
Frente a semejante complejidad, es insensato atribuir responsabilidad en blanco y negro… somos los nuevos judíos. La razón por la única cosa sobre la cual los libaneses concuerdan, nuestro derecho al retorno, es que de otro modo seríamos un trastorno para su equilibrio confesional. Ya en Siria los palestinos tienen los mismos derechos que los sirios, con la sola exclusión del voto. Y en Jordania son completamente equiparados a los jordanos. La inestabilidad de este país deriva del sistema confesional, de una fragmentación que requiere el cemento de un enemigo –y del colonialismo, naturalmente: pasado y presente.
Siguen siendo una carga económica insostenible para un país tan pequeño.
El Líbano hospeda centenares de miles de trabajadores extranjeros. La realidad es muy distinta. Para empezar, hemos llegado de un país económica y culturalmente más avanzado, respecto a un Líbano de la época principalmente rural. Nuestros empresarios invirtieron aquí capitales y experiencia. Rápidamente recompensados con la ciudadanía: todo muy simple si se es rico –y preferentemente cristiano. Pero incluso hoy, la presencia palestina no ha tenido en modo alguno un impacto negativo. Los otros extranjeros, pienso en filipinos al servicio de las familias de Beirut, envían a su patria todo lo que ganan, para nosotros es lo contrario. Vivimos de las remesas del exterior. Y para el resto, producimos y consumimos aquí. Más los millones de dólares (de productos) de varias organizaciones internacionales, que adquieren todo en el mercado libanés. Y todo esto a cambio de nada, porque no tenemos la mínima asistencia social. También aquellos pocos con un trabajo verdadero: pagan gravámenes como todos, impuestos incluidos: pero la cobertura social, para los extranjeros, está subordinada a la reciprocidad. Ninguna pensión, ningún seguro. Ninguna vacación ni licencia por enfermedad. No es socialismo. Sólo el artículo 25 de la Declaración Universal.
Pero sin derecho de voto y representación política, ¿cómo se conduce una batalla por las propias reivindicaciones?
Con el esfuerzo sobre sí mismos. En los campos. No tenemos ni siquiera libertad de reunión y asociación. Y al final, esta es nuestra única vida, día tras día. Hemos comenzado por los huérfanos porque el dolor puede convertirse en capacidad de comprensión y dulzura, cuidado, atención a los otros –no odio y rencor: porque estamos aquí, ahora, y lo único es intentar que el infierno sea un poco mejor. Pero incluso en esto queda claro hasta qué punto la cuestión es política, y no humanitaria. Desde el inicio, al contrario, se pensó ofrecer a los palestinos organizaciones alternativas, y dejar que el tiempo destiña el deseo de retorno. Fue una elección intencional. Los terrenos para los campos fueron tomados en alquiler por cien años –pero la justicia no está a la venta. Es así, como la Unifil, la Unrwa ha contribuido a congelar la situación, y transformarnos de refugiados en rehenes: ni asentamiento ni retorno: sólo supervivencia, mientras la política está en otro lugar. Pero queremos derechos, no bolsas de arroz. En un conflicto, separar la dimensión política de la dimensión humanitaria significa simplemente renunciar a la decisión, a la responsabilidad – favorecer a los más fuertes. Sólo nosotros, los palestinos, estamos sustraídos de la competencia del Alto Comisionado para los refugiados. Porque la tutela de los refugiados es mucho más amplia. Y sobre todo, a diferencia de la Unrwa, habla el lenguaje de los derechos, no de la asistencia. A partir de la libertad de trabajar.
El Líbano está atestado también de Ong internacionales.
E infinitos otros costales de arroz, siempre en el nombre de una ilusoria neutralidad - no al azar se encuentran ya a remolque de las así llamadas misiones de paz, garantizando tácitamente que puedan bombardearnos vivos. Y Ong, no todas transparentes, también, es amargo decirlo. Al final, las manos en el lodo son las nuestras: pero los financiamientos llegan escurridos de las adquisiciones más variadas –destinadas a la sobrevivencia de los cooperantes, no de los palestinos. Pero sobre todo, muchísimas Ong insisten testarudamente en ocuparse arbitrariamente de cosas de las que no tenemos necesidad. Con algunas excepciones, pienso en vuestra Un Ponte Per… Pero en general desembarcan aquí con proyectos prefabricados: simplemente en busca de mano de obra indígena. Una forma refinada de colonialismo. Y somos obligados a adecuar nuestra realidad a sus teorías. En la actualidad, por ejemplo, no se obtiene un dólar si no se incluyen perspectivas de género. La violencia contra las mujeres, la discriminación contra las mujeres. La microempresa femenina. Pero una comunidad es una alquimia delicada. No es enseñar a las mujeres a bordar manteles. Y antes de que usted me clasifique como musulmán retrógrado… Soy árabe y ateo. Pero bordar manteles se aprende de la abuela. Gratis.
A partir de Oslo, la cuestión de los refugiados parece ser cada vez menos una prioridad, para la Autoridad Palestina. Como si fuera, principalmente, el punto sobre el que negociar un compromiso, en nombre de la paz con Israel.
Pero también es el momento de desmentir una leyenda: porque no hemos sido sustentados nunca económicamente por la autoridad Palestina, ni anteriormente por la Olp. Se dice generalmente que después de la guerra del Golfo y sus desconsideradas opiniones sobre Saddam, los países árabes hayan desviado sobre Hamas los recursos que anteriormente estaban concentrados en Arafat, obligado entonces a cortar la asistencia a la diáspora. Pero no es así. Arafat ha tenido muchos méritos, pero también cometió un error fundamental: confundir los límites entre Fatah, la Olp, y después la Autoridad Palestina. Los recursos de La AP, desde siempre, han terminado en Fatah. Aún ahora, recibe dinero sólo quien está ligado a Fatah o Hamas. Aquellos como nosotros, en el medio, esto es la gran mayoría, son simplemente olvidados. Pero es el momento de archivar también esta dicotomía Hamas-Fatah, y concentrarse un poco sobre cosas serias. El éxito de Hamas está en la ineficiencia y corrupción de Fatah: pero nosotros, desde aquí, no pedimos más que unidad nacional, porque honestamente, quisiera desmentir otro mito: no creo que los dirigentes de Hamas en Gaza pasen hambre. No es verdad que los negocios están vacíos. Desde Egipto se contrabandea de todo. Solo que la guerra no es nunca igual para todos.
¿No queda más que Hezbollah?
Digamos así –ciertamente son los únicos que jamás han matado un palestino. Buscan defendernos, pero entendámonos, desde el punto de vista del derecho al retorno, no en lo que concierne a nuestra condición en Líbano. El parlamento ha decidido por unanimidad, Hezbollah incluido, privarnos del derecho de propiedad.
Pero al final, o los refugiados renuncian al derecho al retorno, o Israel renuncia a su naturaleza judía.
Muchos dicen que somos muchos, para una tierra tan pequeña. Sin embargo Israel continúa recibiendo nuevos inmigrantes de todos los rincones del mundo, y garantiza el derecho al retorno para cualquiera que saque a relucir una vieja tía judía. Por lo tanto no es un problema de sostenibilidad, sino de voluntad. Antes de 1948, o mejor, antes de la distorsión sionista del judaísmo, vivíamos juntos sin problemas. No entiendo por qué no concentrar sobre esto nuestra capacidad de imaginación e innovación, sobre como volver juntos, en lugar de reparticiones y porcentajes, y proyectos surrealistas de circunvalaciones, y puentes y galerías, paracaídas, países de abajo y de arriba. El futuro no está en estados religiosos, ni islámicos ni judíos. No se trata de renunciar a nada, sino de completarse, y volver a enriquecerse recíprocamente. Los israelíes tienen necesidad por ellos mismos, no por nosotros, de reconocer la propia responsabilidad. No entienden qué ha sido su nakba: la condena a un estado permanente de excepción, y guerra y temor, prisioneros tras un muro. De cualquier modo, si quieren pensarla en términos de renuncia -tienen ya en su interior una amplia minoría árabe: la renuncia no es a la naturaleza judía, sino a la naturaleza democrática de Israel.
|